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Posts Tagged ‘James Purdy’

Otra de las pequeñas y selectas editoriales que están poblando el mercado español y que tenemos el gusto de importar a nuestro país es la madrileña Ediciones Escalera. En su catálogo destacan una colección con obras inéditas en nuestro idioma con lo mejor de la generación beat.

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Según su editora Talía Luis Casado “Publicamos buenos libros. Nos sentimos inmensamente orgullosos de todos los autores que tenemos en nuestro catálogo, de los libros que hemos creado. Estamos satisfechos con la evolución, y aunque medien muchos dolores de cabeza, seguiremos aquí.”. Desde nuestras librerías les auguramos muchos éxitos y confiamos en que sigan fiel a su buen hacer.

Blade Runner: una película. William S. Burroughs (Ediciones Escalera / 96 págs.):

¿Qué es esto? Un tratado de cine, una novela, un guión cinematográfico, un collage aleatorio de fotogramas. ¿De qué trata? Del colapso de la sociedad occidental por una gestión corrupta de la Sanidad y el florecimiento de una medicina underground capaz de puentear la burocracia y las farmacéuticas. ¿Está basada la película de Ridley Scott en este libro? No, pero tomó prestado el título para su filme. Burroughs aparece en los créditos de agradecimientos al final de la película. ¿Qué es un Blade Runner para Burroughs? Un distribuidor clandestino de fármacos, drogas y equipamientos médicos. El mayor garante del nuevo orden. ¿En qué época transcurre la acción? El libro propone un viaje fragmentario por el tiempo entre 1914 y 2014. ¿Y la ambientación? Nueva York en ruinas, túneles convertidos en canales, perros salvajes, yonquis, el nacimiento de una nueva era. ¿El estilo? Cut-up en su máxima expresión. ¿El target? Burroughs da por sentada la inteligencia, necesaria para no caer en sus trampas y captar su finísimo humor de dandi y visionario más allá de toda convención.

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“A) Un tratado de cine, una novela, un guión cinematográfico, un collage aleatorio de fotogramas. B) Un viaje alucinante entre 1914 y 2014 en una Nueva York devastada, donde los Blade Runners trafican con la medicina que la Seguridad Social ha vetado a la población. Nueva York en ruinas, túneles convertidos en canales, perros salvajes, yonquis, el nacimiento de una nueva era. C) El colapso de la sociedad occidental por una gestión corrupta de la Sanidad y el florecimiento de una medicina underground capaz de puentear la burocracia y las farmacéuticas. D) Un Blade Runner es un distribuidor clandestino de fármacos, drogas y equipamientos médicos. El mayor garante del nuevo orden. E) Cut-up en su máxima expresión. F) Una nueva integridad tras las puertas de la corrupción… Burroughs es capaz de convencernos de haber visto cosas que ni imaginas.” John Updike, The New Yorker.

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Pic. Jack Kerouac (Ediciones Escalera / 112 págs.):

Jack Kerouac resume en cien páginas los cruces de caminos bluseros de Robert Johnson, la represión de los negros, el desasosiego callejero de Nueva York, la inmensidad natural y el latido abatido de un país entero, desde la perplejidad infantil del descubrimiento del mundo. Jack Kerouac dejó inédita esta narración que fue publicada en 1971, dos años después de su muerte. Pic es la aventura de un niño negro de diez años que en compañía de su hermano mayor Slim, escapa de su Carolina del Norte natal a la que, tras la muerte de su abuelo, no le ata ya nada. Un mundo nuevo se abre ante su mirada limpia al llegar a Nueva York: el jazz, Times Square, los apartamentos baratos de Harlme, la televisión. La ternura y la inocencia con la que Jack Kerouac es capaz de meterse bajo la piel de Pic retrotrae al lector a sus escritos desde la carretera y evoca las primeras cartas de juventud a Mémère, a Sebastian Sampas, a Allen Ginsberg, John Clellon Holmes o al mismísimo Neal Cassady. Sin perder un ápice de frescura, la belleza de su prosa se desliza por estas páginas para devolvernos una vez más al Jack Kerouac de los caminos de la América de posguerra. Con el ritmo jazzístico característico de su prosa, Kerouac se transforma en Pic, el menos evidente de sus álter-ego: adopta su acento, su gesto, su inocencia. Si On the road fue la ferocidad del descubrimiento, Pic es el fin de la infancia.

Jack+Kerouac

“Ediciones Escalera presenta Pic, novela que había estado inédita en España y que fue publicada inicialmente en 1971, dos años después de la muerte de su autor, Jack Kerouac, padre de la llamada Beat generation, grupo literario que promovió algunos derechos aceptados por todos hoy, aunque también algunos excesos que llevaron al propio Kerouac a la tumba. La obra comienza descubriendo la vida de campo de los habitantes de Carolina del Norte (EE.UU.), con sus tradiciones y supersticiones, pero también con sus miserias y sus esperanzas de un futuro mejor. En este contexto arraiga Pictorial Review Jackson (Pic), un niño de diez años que está al amparo de su abuelo y que, muerto éste, escapa con la ayuda de Slim, su hermano mayor.Emprendida la marcha a Nueva York, no sin pocas aventuras ni tampoco desprovistos del respeto que muestra siempre el viajero por los lugares que visita y las gentes que conoce, consiguen llegar a su destino, donde les espera Sheila, esposa de Slim, en cuyo vientre alberga un futuro fascinante para la familia, recién aumentada con la llegada de Pic. Reunidos por fin en Nueva York, aprieta el hambre, escasean las posibilidades de empleo y crecen las dificultades económicas, pero no les falta a estos personajes las fuerzas por luchar y salir adelante en una sociedad tan poco solidaria y compasiva como la que ambienta la novela de Kerouac, y que denuncia.

Slim asume la responsabilidad de buscar un trabajo que le permita garantizar el bienestar de los suyos. Y en un mismo día pasó por dos oficios distintos; mientras por la mañana abusa de sus riñones y brazos en una fábrica de galletas, aparentemente un “dulce” trabajo, al tiempo que de nula consideración por atentar contra la dignidad humana, por la noche exprime sus pulmones en un saxo para intentar ser contratado por una sala de jazz, soplando y soplando cada vez más fuerte como hacen los trompetistas y saxofonistas de las orquestas de merengue. Exhausto queda, sin ninguno de los dos trabajos también.

Final feliz aunque con porvenir incierto para los personajes. Atrás quedan los viajes de una punta a otra del país y el frío, la vileza de la vida para los que no tienen dinero, y el jazz. Elementos todos ellos relatados con detalle y esmero por Kerouac, con buenas dosis de ternura que caraterizan a un Pic que descubre el mundo a tan temprana edad; y no menos valioso es el esfuerzo de Daniel Ortiz por una traducción tan adecuada y atinada.” Enrique Cabrera. El Imparcial.

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Satori en París. Jack Kerouac (Ediciones Escalera / 128 págs.):

Esta edición aparece por primera vez en España con motivo del cuadragésimo aniversario de la muerte del autor. Satori en París es la penúltima novela de Kerouac publicada en vida y la última de las denominadas “del camino”. Estamos ante el último ejercicio de prosa espontánea del autor (escrito en nueve noches durante el verano de 1965), basado en un viaje de diez días a Francia so pretexto de reconstruir la historia de su apellido, sin embargo, la narración nos va guiando por los entresijos de una mente tan brillante como autodestructiva en la que no falta su obsesión por aunar principios filosóficos orientales con su arraigado catolicismo, el origen de sus ancestros, la verdadera naturaleza de la literatura, una capacidad única para reírse de si mismo y de autoconducirse a situaciones hilarantemente extremas, además de una crítica feroz al establisment occidental de la época. Esta historia alucinada recorre las calles del París de De Gaule, sus cafes, sus iglesias y bibliotecas de la mano de un Kerouac empapado en alcohol, soledad y anhelos juveniles compartidos por toda una generación. En Satori en París, el lector iniciado en la literatura Beat hallará las claves del desmoronamiento personal de Kerouac, identificará el fantasma de Neal Cassady en cada párrafo, y aquel que se acerca por primera vez a la contracultura norteamericana de los sesenta, descubrirá, más allá de un texto sumamente poético y en ocasiones hermético, la punta del Iceberg Kerouac, un referente imprescindible para ir descendiendo cronológicamente por toda su obra hasta On the road.

Satori en París

 

Tristessa. Jack Kerouac (Ediciones Escalera / 128 págs.):

Francisco Umbral dijo en una ocasión que “Bukowski es lo que se da en USA cuando no se puede dar Henry Miller. El descenso, la deflagración de toda la cultura de América, y por tanto del imperio, que somos nosotros, lo da bien el paso de Henry Miller a Bukowski”. Lo mismo podría decirse de Jack Kerouac, por afinidades y frustración generacional. No hay como los americanos para cometer errores históricos o individuales y luego hacer de ello un estilo literario, un estilo de la prosa, de la frase. Algo de todo esto puede encontrar el lector en Tristessa, uno de los títulos más indiscutibles de Kerouac, aunque de menor repercusión popular, que acaba de publicar Ediciones Escalera, en una versión brillante y rigurosa debida a la pluma del escritor y traductor Daniel Ortiz Peñate.

Tristessa es un relato conciso, tenso, estremecedor, agónico y brillante, de una vida atenazada por el dolor, por el exilio y la desesperanza, abierta en una herida de imposible sutura y por algo parecido a la culpa incluso, a la pérdida del verdadero lugar en el mundo. Autoexiliado en México, el narrador Jack Duluoz -alter ego de Kerouac- recorre borracho, loco y desmelenado las calles del Distrito Federal en un ir y venir de barra en barra, a veces solo y otras veces acompañado de una prostituta mexicana adicta a la morfina llamada Tristessa, que siempre pregunta: “¿Por qué estás tan triste? Estoy triste porque la vida es dolorosa, respondo yo cada vez. […] Toda vida es triste, concede, coincide, nada más he de añadir sobre el tema”.

Sin embargo, el verdadero tema de Tristessa no es la vida, sino la muerte; en este sentido, Kerouac es tan hijo de Henry Miller como de Stephen Crane, quien supo mostrar con horror y autenticidad la degradación humana. Kerouac nos propone algo mucho más simple, igualmente imprescindible: el paisaje de ruinas y adioses donde se consumó su propio adiós a las personas que poblaron la leyenda de su vida. Tristessa se llamaba en realidad Esperanza Villanueva y era la mujer de David Tesorero, amigo de William Burroughs, en la época en que éste vivía en México, en la calle Orizaba, 210, en cuyo cuarto de azotea se instaló Kerouac a mediados de los años cincuenta.

Kerouac no buscó en México una patria física, sino algo más urgente: la posibilidad de una nueva iniciación sentimental: “Hasta ahora no había hecho más que viajar en círculos por toda Norteamérica, una gris tragedia a fin de cuentas.” Sólo que el autor no se atreve a dar el paso. “Quisiera tomarla de la cintura con ambas manos y traerla hacia mí al tiempo que le susurro palabras cariñosas como ‘Mi ángel glorioso’ o ‘mi lo que sea’, pero la vergüenza supera mi vocabulario en español. […] El problema es ¿qué hacer con ella una vez que la haya conquistado? Sería como conquistar a un ángel en un infierno donde no existe otra opción que caer con ella en abismos aún peores.” Tristessa es una excelente novela de simetrías, como una fotografía y su negativo, en la que Kerouac encuentra su yo femenino en una prostituta de pómulos aztecas.

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Piercing. Ryu Murakami (Ediciones Escalera / 509 págs.):

“Es vital que aquellos que se encuentran en el lado receptor de la violencia se pregunten por su motivo”, se dice al comienzo de Piercing (Ediciones Escalera), “una verdad triste y amarga, pero importante”. La valentía y la audacia con que Ryu Murakami viene indagando en la violencia y sus consecuencias en la infancia y adolescencia, característica de la mayoría de sus novelas, lo han convertido en uno de los más interesantes autores de la literatura japonesa. Con recursos propios de la novela criminal, con sequedad, violencia y efectos muy superiores a los demás conspicuo salvajismo literario, Murakami hace un retrato feroz, desesperado y contundente de la insoportable realidad de los padres abusivos.

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Un craso error es creer que la infancia es, por definición, el periodo más fascinante de la vida. Piercing desmiente, a ojos vistas, esta definición. La trama gira en torno a Kawashima Masayuki, un joven padre de familia, que desde que nació su hija ya no ha vuelto a ser el mismo. Tiene pesadillas en las que mata con un punzón a la niña en la cuna: “Cogiendo el punzón ligeramente para temblar lo menos posible, colocó la punta junto a la mejilla de la niña. Cada vez que estudiaba este instrumento, con su fina y reluciente varilla de acero, se preguntaba por qué era necesario tener cosas así en el mundo. Si en realidad sólo era para picar hielo, cabría pensar que un diseño totalmente diferente serviría. Los que producen y venden estas cosas no entienden que a algunos nos entra un sudor frío con sólo ver ese extremo reluciente y puntiagudo”.

A medida que avanza la novela y profundizamos en el pasado de Kawashima conocemos el trauma, el dolor, el maltrato al que fue sometido, nos enteramos de cómo, después de muchas palizas, su madre lo encerró en una institución benéfica: “Kawashima intentó recordar a los niños del Hogar, verlos con sus ojos de hombre de veintinueve años. […] Había niñas que se acercaban a cualquier hombre mayor e intentaban llevarle la mano por debajo de su ropa interior, y había niños que mordían su propia mano de forma compulsiva. Niños que de repente empezaban a moverse espasmódicamente y a golpearse la cabeza contra la pared”. Pero lo que le remuerde el alma, no es tanto el horror de lo vivido, como la certeza de que los niños luchaban con todas sus fuerzas por amar a sus padres.

Para Murakami la grisura de la vida empieza en la cuna. De ahí que un sentimiento de orfandad recorra toda la novela, al igual que ocurría en Los chicos de las taquillas, también publicada por Escalera. Y ya no hay casi nada más que decir de Piercing, pues las formas literarias de Murakami -estilo seco, sin tapujos y sin esquivar tabúes ni dulcificar la crudeza de una historia que parece escrita con un punzón- son ya ampliamente conocidas, aunque aquí a sus habituales referencias tanto literarias como cinematográficas (William Burroughs, Bret Easton Ellis, Abel Ferrara, David Cronenberg) se añaden otros modelos del género, como Paul Verhoven, cuya película Instinto básico Kawashima es incapaz de ver sin sentir un impulso criminal.” Antonio Bordón. La provincia.

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Los chicos de las taquillas. Ryu Murakami (Ediciones Escalera / 509 págs.):

Hashi y Kiku fueron abandonados por sus madres en las taquillas de una estación de tren. A Kiku lo encontraron porque el calor le hizo gritar. A Hashi, porque el calor le hizo heder. Y eso marcó para siempre el rumbo de sus vidas. Hashi busca un sonido concreto, el latido del corazón de su madre. Huye de la casa de sus padres adoptivos y se instala en el Toxicentro, el paraíso para los proscritos en Tokio. Se pinta las uñas de verde, se prostituye, y entre cliente y cliente recibe lecciones de canto. Hasta que un coche negro aparece en El Mercado, el lugar donde todo lo que se vende se vende ahí, y de él baja D, el cazatalentos. Bajo la piel fresca de Hashi halla la voz más hipnótica que encontró jamás. “Haré de ti una estrella, niño”, le asegura. Contrata a un detective para que busque a la madre de Hashi. El encuentro será en un programa en directo de televisión. D podrá comprarse otro rascacielos. Kiku, porque quiere correr y volar, se hace saltador de pértiga. Entrena su cuerpo, vigila su mente, y durante un instante separa los pies de un mundo que aborrece, un mundo lleno de gente con aspecto de globo hinchado al que le encantaría reventar. Y porque lo aborrece, recuerda una palabra: datura. Un amigo le aconsejó que no la olvidara si alguna vez quería reducir Tokio a cenizas. Y quiere. Delicada y cruda, voraz y discreta, la novela de Murakami transporta al lector a los confines del desaliento. Con parsimonia, y sin estridencias ni concesiones, dibuja a sus personajes de forma tan precisa que no sólo comprendemos por qué desean la destrucción, sino que nos hace partícipes de esa explosión que cubrirá el mundo de blanco.

Los chicos de las taquillas

The Horn. John Clellon Holmes. (Ediciones Escalera / 256 págs.):

Holmes no es Kerouac, ni Ginsberg, ni Burroughs; Holmes, elemental, es Holmes, y The Horn (protagonista que da título a esta novela) es Edgar Pool, no Charlie Parker ni Coltrane. Dicho esto, ahora caeremos con descarada intencionalidad en la contradicción: Holmes es Kerouac, Ginsberg, Burroughs y Cassady, y sí, Edgar Pool es, además de The Horn, Bird y Trane. Tal vez sea esta paradoja la que nos sitúe ante el libro definitivo de la Beat Generation en materia de jazz, que como es sabido, jugó un papel infaltable en la obra de todos sus integradores.

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John Clellon Holmes fue un pionero: su novela Go (Escalera, 2009) bien podría servir de guión para una película sobre los Beats mucho más adaptable que On the Road; de hecho, su primera novela (y la de toda una generación) recoge numerosos hechos narrados en la película Howl (Epstein, Friedman, 2011) sobre el mítico poema de Ginsberg. Pero Holmes fue mucho más que el cronista de las andanzas literarias y vitales de sus amigos y en The Horn descubrimos a un novelista de gran solvencia que logra con erudición recrear la atmósfera del be bop de los años 40 y 50 y además arriesga con una estructura novelística y de estilo más propia del lenguaje del jazz que cualquier otro libro (incluido On the Road) jamás escrito.

Para componer la narración, Holmes se vale de dividir los capítulos del libro en coros y riffs (más una coda epilogar), y el lenguaje, junto con los acontecimientos, se precipita en cascada como en una jam session en la que numerosas voces, las de otros músicos cercanos, recomponen la vida y la obra de Edgar Pool, alias The Horn, tras la derrota de éste en un duelo improvisado con un saxofonista más joven.

La novela transcurre en 24 horas, durante las cuales una cantante y ex amante de Pool, un trompetista de estudio, un saxofonista de Harlem, un contrabajista con complejo de Edipo y un mánager, entre otros, recuerdan y rehacen los fragmentos de una vida legendaria para componer un totum, un tema único que se complementa, a modo del Ulises de Joyce, con la odisea etílica y alucinada emprendida por Pool desde que baja del escenario derrotado hasta su muerte un día después. Testigo de ello es Cleo, un joven pianista que le hace de Virgilio por tugurios, casas de empeño y visitas a viejos amigos con la intención de obtener un préstamo que le permita regresar a Casa, a Kansas City, una huida sin sentido que, bien sabe, jamás llegará a emprender.

Cada personaje se adentra en la memoria de The Horn con la intención de desenmascarar al genio que nunca permitió a nadie conocer a la persona subyacente y trató a fuerza de excesos, orgullo y virtuosismo mantener ese halo misterioso y oscurantista que parece sólo rodear a los grandes rompedores como Mozart, Pagannini, Robert Johnson, Morrison, Hendrix, Jimmy Page o Cobain.

Holmes acierta también con el uso del lenguaje empleado para esta novela, la jerga de los negros sureños se entremezcla con un estilo en ocasiones barroco, casi anacrónico, vehículo para invocar la atmósfera de subsuelos, humos y tinieblas de una época que acaba por antojarse mítica, y que al fin y al cabo no es más que la antesala de lo que luego sería el modo de vida heredado por los rockeros en los sesenta. ¿Sexo, drogas y rock and roll?, sí, pero primero hubo sexo, drogas y jazz.

The Horn es una lectura retadora, con un discurso alucinado y fragmentario que recuerda a menudo el Bajo el volcán de Lowry. Pero su mayor virtud es sin duda la de erigirse en una novela de jazz en estado puro, una canción en sí misma que a su vez canta a todos los músicos negros que dieron su vida por tocar y lucharon por hacerse oír, por enloquecer a una América hundida entre guerras y conflictos sociales, unas memorias del subsuelo de una nación de cuyas entrañas emergieron los movimientos de los sesenta y setenta y que dieron un vuelco al mundo. Una obra con sobradas credenciales para ocupar un lugar destacado entre las grandes de su generación. Un libro que Ediciones Escalera pone, medio siglo después, a disposición de los lectores en castellano.

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Go. John Clellon Holmes. (Ediciones Escalera / 326 págs.):

La novela que supuso el punto de partida de la Generación Beat. Hasta ahora inédita en español. Tenemos un carácter furtivo. Conocido como el “beat tranquilo”, John Clellon Holmes recoge en su novela Go las peripecias de sus amigos Cassady, Kerouac y Ginsberg en el Nueva York de finales de los 40. Esta historia de sexo, jazz, drogas y calles nos muestra que la generación beat no se limitó a inventar una forma de vida: también una literatura y un modo revolucionario de mirar.

Definitivamente vivimos tiempos más pacatos: los periódicos son aburridos, la opinión pública se escandaliza porque un jugador de golf ponga los cuernos, los bares cierran a las dos, las mujeres vuelven a tener citas con carabina y está prohibido fumar, mal visto beber e incluso pensar demasiado no es conveniente. Nuestra generación ha adoptado la asepsia y el buenrollismo como paradigmas de una sociedad donde unos chavales que dicen que no practican el fornicio ni se fuman un canuto arrasan entre los adolescentes. Incomprensible para los que crecieron adorando a tipos como Sid ‘Vicious’, incluso incomprensible para quienes asumieron que detrás de la fachada impoluta de los Beatles se escondían noches de orgías salvajes y viajes de LSD poco disimulados en sus letras.

Pero hubo un tiempo en que las calles estaban llenas de antros de música ‘bop’, “andanzas nocturnas, encuentros en las esquinas, auto-stop, mil bares de moda por la ciudad. En ese mundo, la gente estaba enganchada a las drogas, buscaban todos un nuevo grado de locura y de percepción. No paraban nunca, vivían de noche, corrían por todos lados haciendo contactos, desaparecían de pronto en la cárcel o por los caminos, y resurgían de nuevo buscándose unos a otros. Parecían ignorar todo lo que no fuera la realidad de los trapicheos, de un lugar donde quedarse, imbuidos por el frenesí del jazz”.

Estas palabras pertenecen a GO, la proclamada como “primera novela de la generación beat” que ‘sólo’ 58 años después de su publicación original Ediciones Escalera nos ha hecho el inmenso favor de editar en castellano entre nosotros. Su autor es John Clellon Holmes, amigo personal de Jack Kerouac y autor de la mítica En el camino, y que involuntariamente colaboró a bautizar a una generación que cambió para siempre las reglas de cómo vivir la vida, de cómo escribir para los jóvenes y de cómo ser a la vez poeta y estrella del rock and roll. Un día Holmes le pidió a Kerouac que pensara en una forma de describir a su generación, y este la definió como ‘generación beat’ por el sentimiento furtivo de no pertenencia que la caracterizaba, ese ritmo del jazz ‘bop’ de ‘Bird’ y Miles Davis que llena todos los momentos de GO para goce de los drogadictos a esos sonidos.
Menos conocido que el propio Kerouac, Cassady o Ginsberg, sin embargo Clellon Holmes hizo, en palabras del autor de En el camino, “lo más honesto, lo más grande, lo mejor”. Y así es, en efecto, porque frente a las exageradas y difusas obras de algunos de los exponentes beat, GO es una novela completa, bastante bien construida, con un argumento que tiende hacia la lógica y que no pretende otra cosa que presentar las andanzas de una generación pero contando con un argumento sólido: la amistad de Pasternak, Stofsky y Kennedy (alter egos de Kerouac, Ginsberg y Cassady, atención) a pesar de sus excesos, sus bailes con la autodestrucción, sus golpes de escasa fortuna donde la vida bestial y exagerada se impone a los tímidos latidos de la lucidez. Así es cuando un Pasternak-Kerouac se acuesta con la mujer del protagonista delante de sus narices después de una fiesta con abundante alcohol y porros, o cuando Stosfsky-Ginsberg muestra sus excesos verbales y depresivos al deambular de casa en casa en el agitado Nueva York de los cincuenta donde el saxofón y la trompeta imponen su ley.

Un tráfago divertido, una sensación de ser moscas pegadas a las paredes donde se resuelven los problemas a base de trago de vino barato y liadora, la impagable sensación de haber sido testigos de cómo se fraguó una generación que barrería con los clichés sociales de las clases medias adocenadas es lo que nos deja la lectura de GO. Una original, y bienvenida, puerta de entrada a un tiempo más interesante que este que nos ha tocado vivir donde esa concepción “clandestina y misteriosa de la vida”, de la que se habla en la obra parece haberse perdido para siempre o ser asociada a los programas de telerrealidad o viajes, falsas sombras de caverna platónica sólo aptas para quienes todavía tienen miedo de ponerse ‘on the road’.

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Nadie gana. Jack Black (Ediciones Escalera / 414 págs.):

 

“Reconozco que cuando me recomendaron Nadie gana, el libro de Jack Black con el que Ediciones Escalera comenzaba el año, no sabía nada acerca del autor ni del libro. En mi ignorancia pensé que uno de mis actores/cantantes favoritos también hacía sus pinitos como escritor, y confieso que no me extrañó dada su polifacética carrera. Al abrir el libro me topé con la foto del autor en la solapa, desde ahora mi Jack Black favorito. Su cara de delincuente gastado por la vida en el camino y los años de cárcel me pareció más la de un enterrador que la de un escritor. Entonces leí el prólogo de William S. Burroughs, fascinado como toda la Generación Beat por el escritor delincuente, que abre la puerta hacia la vida del ladrón mítico y reflexivo que es Jack Black, o al menos del hombre que se hizo llamar Jack Black.

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Black nació en 1881 en Vancouver, aunque pasó su infancia en Missouri. Cuando su madre murió su padre vendió su casa y se trasladaron a una habitación de hotel. Sería en Kansas City, en su adolescencia carente de figura paterna, constantemente de viaje y sin apenas comunicación, donde tuvo el primer contacto con el mundo que su educación religiosa le había ocultado. En los tiempos en que un cobarde llamado Robert Ford mataba por la espalda al asaltador de trenes y asesino Jesse James, el joven Jack Black obtenía su primer empleo como cobrador de facturas de un lechero. Un día, mientras cobraba la factura de un burdel la policía hizo una redada y pasó la noche en la cárcel. Las prostitutas tuvieron que pagar la fianza ya que era el único que no había sobornado a los honorables agentes de la ley. Desencantado con la policía y los jueces no volvería a tener empleo hasta 40 años más tarde, como bibliotecario en el San Francisco Call. Aquel fue el comienzo de una carrera al margen de la ley que Black narra con maestría, desde los primeros trabajos con un tal Smiler, que le enseña el oficio de robar en las casas por las noches, hasta los trabajos más sofisticados y estudiados que realizará al final de su vida delictiva, donde la tensión acabó con sus nervios, y con su dinero, abandonándose al consumo de opio.

A través de su relato aprenderemos que no es aconsejable robar a los mormones o a los chinos, leeremos cómo se vivía en los caminos, sabremos de las multitudinarias reuniones de mendigos, los Yeggs, donde se compartía comida y bebida hasta el fin de existencias. Nos adentraremos en los bares de Winos, esos seres que vivían en antros de mala muerte donde, tras caer inconscientes, el camarero los sacaba y los ponía a dormir la borrachera unos al lado de los otros, hasta que se despertaban y podían volver a entrar a beber en latas, o tarros. Visitaremos ruinosas habitaciones de hotel, seremos testigos de detallados golpes, evasiones heroicas de las cárceles, muertes de honrados ladrones… y todo en los años de decadencia del salvaje oeste.

Con el tiempo Jack Black se fue convirtiendo en un Stetson, nombre dado a los miembros de la primera clase entre los ladrones, «desde el día que dejé a mi padre mi camino había quedado trazado, entre la gente torcida. No había pasado ni una hora en compañía de un hombre honrado… si vives con lobos aprendes a aullar».

Entre viaje y viaje escondido en trenes de mercancía, esquivando a los revisores y a la policía, entrando y saliendo de las cárceles de Estados Unidos y Canadá, dejándose sangrar por los prestamistas, Jack Black comparte con nosotros sus vivencias con compañeros entrañables como Sanctimonious Kid, George Pie y medio o Salt Chunk Mary, miembros de la familia Johnson. Familia que para ser miembro de ella solo había que ser un ladrón honrado y decente con los compañeros, «He pasado casi toda mi vida en compañía de gente sin suerte y, aunque yo nunca me he visto a mí mismo como un desgraciado, siempre me han tomado por ello».

Antes de arrojarse a las aguas del Puerto de Nueva York en 1932, Jack Black tuvo unos años de tranquilidad, sin problemas ni posesiones, que dedicó a escribir su novela autobiográfica Nadie gana, y algún artículo en Harper´s, incluido en esta edición de Escalera, sobre el sentido de los castigos físicos en los penales norteamericanos, sobre la naturaleza del bien y el mal, por si pudieran ayudar a algún joven delincuente o juez. En la edición americana, en la página de créditos, añaden que se mandará una copia del libro a cualquier convicto si dirigen una carta a la editorial con 10 dólares y una dirección de contacto. El libro cuesta 16 dólares.

Nadie gana es una obra admirable no solo por su valor literario, sino por su carácter documental de una época y unos personajes ya desaparecidos, como la vida errante de los bandidos del Wild West. El rodaje de la adaptación del libro a la gran pantalla se iniciará el próximo julio en localizaciones de Oklahoma.” Aitor Aguirre.

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La habitación. Hubert Selby Jr. (Ediciones Escalera / 272 págs.):

Tras publicarse en castellano “Última salida para Brooklyn” y “Requiem por un Sueño”, llega la que para muchos entendidos es la verdadera obra maestra de Hubert Selby Jr. Sin duda estamos ante la novela más dura que jamás hayamos publicado, con una traducción interrumpida en ocasiones para ir a vomitar, un auténtico descenso a los infiernos al que ni siquiera el propio autor pudo enfrentarse hasta pasados veinte años de su publicación. Una narración que reinventa a Joyce, a Dante, a Kafka, un terror que nos remite en ocasiones a los pasajes más siniestros de la Biblia, un libro altamente desaconsejado a todo aspirante a funcionario corrupto, una versión buena y anterior del “American Psycho”. Un espejo para Luis Miguel Rabanal, Chuck Palaniuck o Michel Houellebecq. En resumen y en palabras de Allen Ginsberg “Un libro que refleja mejor que ningún otro la angustia de América,”, una angustia que por desgracia, hemos hecho nuestra. ¿Y de qué va el libro?: De la frustrada sed de venganza de un pobre diablo encerrado en una celda. A partir de ahí, el horror y la genialidad a partes iguales.

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“He aquí una novela que es como un puñetazo en el estómago. A los arqueólogos de la violencia lees gusta considerarla el pariente más cercano de American Psycho y lo cierto es que, con toda seguridad, fue uno de los libros que Bret Easton Ellis utilizó para meterse en la cabeza de Patrick Bateman. Porque el sádico protagonista de La habitación es capaz de imaginar torturas ante las que Bateman apartaría la mirada. Y hemos dicho imaginar porque el protagonista está encerrado en una celda de seis por seis pasos (y se pasa el día contando del uno al seis), así que imaginar est todo lo que puede hacer. Imaginar que se celebra un juicio mediático en su honor (tras escribir una carta a un periódico y denunciar la injusticia de su caso, un tipo al que supuestamente encerraron por perderse en la ciudad) del que salir convertido en un mártir; imaginar que los dos agentes que le detuvieron acaban convertidos en perros (él mismo lo adiestraría) y protagonizando brutales escenas de sexo canino; o imaginar la vida de una joven madre destrozada tras pasar una hora en un bosque con el mismo par de agentes, transformados en sanguinarios violadores (y he aquí una de las escenas que hace palidecer los trabajos de Patrick Bateman). Publicada originalmente en 1971, La habitación (que, como ocurre en Réquiem por un sueño, otra celebrada novela de Selby, es también la historia de una madre y un hijo) te permite pasar una temporada en la mente de un tipo cualquiera al que el mundo (ese lugar horrible) ha convertido en un monstruo.” Laura Férnandez. GoMag.

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El Sobrino. James Prudy (Ediciones Escalera / 208 págs.):

“Sostiene Jean-Michel Guenassia en El club de los optimistas incorregibles que “hay en la lectura algo que tiene que ver con lo irracional. Antes de haber leído el libro, intuyes enseguida si te va a gustar o no. Lo husmeas, lo olfateas, te preguntas si merece la pena pasar el tiempo en compañía suya… Un libro es un ser vivo”. Si hay un libro que merezca este calificativo es El sobrino, de James Purdy, que acaba de publicar Ediciones Escalera. Purdy, aparte de ser conocido por el infame calificativo de “escritor maldito”, es también un escritor bendito, cuyo libros –Malcolm, Color de oscuridad, Habitaciones exiguas, Cabot Wright Begins, de próxima publicación también en Escalera-, intuyes que te van a gustar después de husmearlos, olfatearlos, curiosearlos en la librería.

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Purdy es un escritor de indudable talento y en El sobrino, con un estilo “de ver y oír” que lo acerca al Truman Capote de Otras voces, otros ámbitos, intenta responder a la pregunta ¿puede el amor vencer a la muerte? La novela narra el empeño de Alma Mason, una solterona de un pueblo del Medio Oeste americano, en escribir una suerte de panegírico en honor de su sobrino Cliff, caído en combate en Corea: “Alma era cada vez más consciente y veía más claro que todos ellos sabían mucho más sobre Cliff, por no decir que sabían más sobre las cosas en general, sobre la vida, de lo que ella llegaría a conocer nunca. Ella, que se había preocupado por él más que nadie, era la única que aún esperaba sus cartas. Todos los demás habían asumido que Cliff había desaparecido. Sin embargo, todas estas personas que ya no le esperaban sabían más de él que ella”.

Entre las idas y venidas de Alma recabando información sobre su sobrino, cuya vida es un ámbito del que se siente enojosamente expulsada -“No hay duda de que Cliff quería huir”, dice Alma. “Huir de ti, quieres decir”, le contesta la señora B, poniendo a prueba la franqueza de Alma-, el lector se aproxima a los misterios banales y dramáticos de la vida cotidiana de una minúscula población americana, sacando a la luz sus secretos y mentiras. Estos son algunos de los elementos de esta novela de Purdy que confirmó la estatura de su obra, cuyo mérito reside sin duda en su capacidad para sacarle los colores a un país en el que a menudo se escribe como un ejercicio tonto y exhibicionista de cosas obvias.

Las novelas de Purdy exploran el cruel patio trasero del sueño americano, la marginada realidad de unos personajes que parecen habitar un absurdo infinito. Como siempre en Purdy, el elemento autobiográfico es importante, aunque casi siempre difícil de detectar más allá de su condición homosexual. Purdy aprendió de su venerado maestro Herman Melville -según sus propias palabras, Billy Budd es una de las mejores obras de la literatura- que hay que utilizar la escritura para perforar el alma del hombre, no para adormecerla; que más que un inspirado, el escritor es un narrador de las complejidades humanas.” Antonio Brodón. La Provincia.

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